Los ayalgueiros se presentan en Villaviciosa

Aurora García Rivas, Lluis Portal Hevia, Humberto Gonzali, Ana López, Alberto Álvarez Peña y David M. Rivas
El etnógrafo Alberto Álvarez Peña recoge en un documental el fenómeno de los buscadores de tesoros en Asturias
La Nueva España. MARIOLA MENÉNDEZ
Emilio Fernández Cuervo, en abril de 2008; al fondo, su mujer, Maruja Vega. miki lópez
Villaviciosa rindió ayer homenaje ayer a los últimos chalgueiros (o ayalgueiros), a través de un documental dirigido por el etnógrafo Alberto Álvarez Peña que se proyectó en el teatro Riera, en un acto organizado por la II Arribada cultural y la compañía «El Ronchel».
Álvarez Peña define la búsqueda de tesoros como «un auténtico fenómeno social en toda Asturias», del que se tiene constancia desde el siglo XII. Unos se encargaban personalmente de ir a la caza del oro, otros se llegaron incluso a arruinar al encomendar esta tarea a jornaleros, explica el etnógrafo. Estos buscatesoros se movían incentivados por la tradición oral, que recogía que los moros, en su apresurada huida tras la derrota ante don Pelayo, se vieron obligados a esconder sus pertenencias más valiosas con la idea de regresar algún día a por ellas. Principalmente se hablaba de gallinas, pitos, bolas o becerros de oro, e incluso polvo de este mineral tan preciado. Los lugares donde se excavaba era en dólmenes, castros o en la minería romana, añade Álvarez Peña.
Villaviciosa también cuenta con una tradición propia, ya que existió una leyenda que relataba que en Sanzornín, parroquia de Puelles, estaba enterrada una reina mora en un arca de oro. Alberto Álvarez Peña indica que el ataúd apareció, pero era de piedra, para desilusión de quienes lo buscaron con ahínco. En los restos de una villa romana que hay en las proximidades también se creía que estaba oculto otro tesoro, y un vecino de Valdebárcena guardaba una gaceta romana. Estos documentos eran una especie de mapa del tesoro, que daba pistas del enclave’bout la ansiada ayalga («tesoro», en asturiano), pero sin precisar un plano. El etnógrafo señala que eran documentos anónimos que surgieron a partir del siglo XVII, que muchas veces se reescribían y otras se vendían.
Los ayalgueiros excavaban en yacimientos arqueológicos, llegando a realizar auténticas minas bajo algunos dólmenes, por lo que no era extraña la aparición de piezas antiguas como fue el caso de la arracada de oro (un tipo de pendiente) del castro de Berducedo, en Allande, que fue encontrada de forma casual. Estos hallazgos animaban a los cazatesoros a continuar su búsqueda. Incluso hay constancia de que el propio Felipe II se interesó por los supuestos tesoros ocultos por los moros en Cantabria y Galicia, apunta Álvarez Peña. «Fue un fenómeno mayor de lo que pensamos, de hecho, la mayoría de los túmulos están saqueados», afirma el estudioso.
Uno de los ayalgueiros más conocidos de Asturias fue Emilio Fernández Cuervo, fallecido hace un año. Y a él está dedicada la última parte del documental proyectado ayer en Villaviciosa. Sus búsquedas las realizó en el castro de doña Paya, en Pravia, de donde obtuvo un gran número de piezas que su abuelo acabó vendiendo a un chatarrero. Pudo conservar parte de una pipa, de la que se encontraron ejemplares similares en un castillo de Llobregat, de las que se hicieron estudios, se dedujo que fue utilizada para fumar hachís.
El teatro Riera también acogió ayer la presentación de un nuevo número de la revista «Atlántica XXII» y se homenajeó a José Antonio Lozano, el gaitero de Vallinaoscura.
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